Dícese que las palabras son convenciones sociales con respecto a significancias particulares, dícese que el silencio no representa tales significancias, dícese que los ecos son solo palabras idas que redundan entre espacios vacíos. Dícese de la grandeza como la virtud honorable del hombre y dícese que la pobreza del individuo es carecer de su propio ego que enuncie su arribo. Mas bien, soy silencio y soy ecos, soy el diminutivo del ego ido, mi imagen funesta me precede y mi sombra allana los caminos recorridos. Los sentidos feraces son cultivos de pecados atentatorios contra la percepción de lo real y tangible. La propia persona denosta tales ideas, tales visiones, tales preceptos, en un letargo mas inerte que la sola convicción de lo inútil. De latencias y conceptos, de abstractos y mentes muertas, y nos vamos, marchamos en su pernocta y en su alba, nos vamos en las palabras y en los silencios, porque simplemente nos vamos.
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